2001: Una odisea en el espacio

2001: Una odisea espacial

        En 1968, mientras los jóvenes buscaban arena de playa bajo los adoquines de París y la carrera espacial llegaba a su cenit, Stanley Kubrick presentó ante el mundo una obra de arte que se hace llamar 2001: Una odisea espacial. Después de 7 años de incesante trabajo (por todos es conocida la meticulosidad de Kubrick) y de continua investigación (varios ingenieros de la NASA supervisaron los avances tecnológicos factibles en 2001) llegaba a las pantallas de cine la película que revolucionaría la ciencia-ficción: hasta esa época, este género se consideraba recinto cerrado de monstruos indescriptibles y se alimentaba más de la imaginación del espectador que de efectos especiales. Tan sólo Metrópolis (Fritz Lang, 1927) había supuesto un impacto semejante en este género.

2001 está basada en un relato de Arthur C. Clarke titulado El centinela. Este cuento narra el descubrimiento de una enigmática estructura sobre la superficie lunar; el geólogo que la descubre llega a la conclusión de que se trata de un vigilante colocado allí por alguna civilización avanzada para advertir de los progresos de la raza humana. Partiendo de esta hipótesis, Clarke y Kubrick escribieron el guión de 2001, cuyo título inicial era Viaje más allá de las estrellas.

2001 es una lección de Cine. Pocas películas poseen su poder de persuasión y sus dotes de seducción. Se sugiere pero se oculta, se pretende que el espectador viva una experiencia única y exclusivamente subjetiva. Tal y cómo afirmó Kubrick en una entrevista a Playboy en 1968, “2001 es una experiencia no verbal: de dos horas y 19 minutos de película, sólo hay un poco menos de 40 minutos de diálogo. Traté de crear una experiencia visual que trascendiera las limitaciones del lenguaje y penetrara directamente en el subconsciente con su carga emotiva y filosófica. Quise que la película fuera una experiencia intensamente subjetiva que alcanzara al espectador a un nivel interno de conciencia como lo hace la música. [...] Eres libre de especular como quieras acerca del significado filosófico y alegórico del film pero no quiero trazar un camino verbal que cada espectador se vea obligado a seguir”.

Esta libertad de interpretación es uno de los aspectos por los que la controvertida película del creador de La naranja mecánica ha pasado a la historia. No obstante, son otros muchos los elementos que afianzan el mito de 2001. Uno de ellos es el supercomputador HAL 9000, protagonista y personaje más humano de la película. HAL es una máquina diseñada para ser perfecta, pero sus creadores son hombres, y todos conocemos las limitaciones humanas. Otro elemento importante del film lo constituyen los efectos especiales, que no pretenden ser espectaculares ni imaginativos: simplemente intentan reflejar de la forma más fiel y veraz posible cómo sería la vida en el espacio. Pero por encima de todo, sobresale la capacidad de Kubrick para crear escenas que ya forman parte de la memoria colectiva: el hueso transformado en satélite, la secuencia del Danubio Azul que orquesta el atraque de la nave orbital o el Viaje Psicodélico (emblema de la cultura hippie y escena más lisérgica de toda la historia del cine).

Por último, un elemento imprescindible en cualquier buena película que se precie: la banda sonora. Ésta oscila entre dos polos opuestos que, fusionados, no se repelen, sino que consiguen el milagro de atraerse. Esos bornes son, por un lado, la música clásica tradicional apadrinada por Johann Strauss, Richard Strauss y Aram Kachaturian y, por otro lado, la música original de Gyorgy Ligeti. Mientras Strauss nos hace disfrutar de la coordinación con la que bailan los objetos en estado de ingravidez un vals, Ligeti nos hace partícipes del descubrimiento de las armas a cargo de un Australophitecus Afarensis.

Hay quien ha dicho que es una película contada desde la perspectiva de Dios, arrogancia infinita característica del Kubrick más megalómano. Una película de carácter científicamente profético y cinematográficamente precoz que muestra la insignificancia en el espacio del dueño de la Tierra.